El día que deje de temblarme la voz cuando hablo de ti, sabré entonces que lo habré superado. Habré superado los besos, los abrazos y las regañinas que me faltan. Habré superado tu ausencia en las noches de incertidumbre, en mis confusiones de vida. Habré superado el que no me mires y que parezca que todo va bien, que todo se supera con un par de narices y la cabeza bien alta. Habré superado el no escuchar más tu voz cada vez que la necesite, que te necesite a ti, y el odiar tus silencios con miles de palabras, con millones de sensaciones indescriptibles. Habré superado que me haces falta todos los días de mi vida, aquellos a los que dabas sentido sin recibir nada a cambio. Te habré superado a ti en cierto modo, pero hasta que no me supere a mí misma, el mundo se puede ir un poco a la mierda que la voz me seguirá temblando hasta el día en que me muera.