Somos dos víctimas del parpadeo, un abrir y cerrar de ojos
en el que cuando nos queremos dar cuenta, ya estamos de nuevo despidiéndonos
por no sé ya ni cuántas veces. Y entonces te vas y como haciéndome la vida
imposible, se queda tu olor en mi cama junto con mis ganas de que me sigas
besando hasta el próximo abrir y cerrar de ojos. Y cuando por fin consigo
conciliar el sueño, pongo todas mis fuerzas en procurar no despertar hasta
estar segura de que vuelves a estar tumbado a mi lado, sintiendo tu respiración
en mi oreja derecha, con tus brazos envueltos en mi cintura… joder cómo odio
tus malditos brazos, me dan esa falsa sensación de que vas a estar siempre, de
que vas a ser ese calmante que me haga perder el sentido, el control sobre mi
respiración y la puta inocencia. No tienes idea de lo que es imaginar las yemas
de tus dedos acariciando mi espalda, no tienes idea, porque aun cuando tú no
estás, buf, el momento se vuelve tan excitante, que te arrancaría la ropa en mi
cabeza, y te comería a mordiscos como si hubiese estado no sé cuantos
tropecientos años en ayunas, porque tengo hambre de ti, a todas horas, tengo
hambre de esa risa tan peculiar que me hace estallar a carcajadas, de esos
pitis a las 4 de la mañana, de tus notas de guitarra, de tus bromas malas con
sabor a verdad, de tus besos en el cuello, o tus cosquillas improvisadas… Tengo
hambre de momentos contigo de esos que me dejan sin aliento y que me ponen la
piel de gallina. Porque simplemente por el parpadeo, merece la pena aguantar
con los ojos abiertos lo máximo posible para que permanezcas a mi lado con esas
ganas tan inmensas de hacerme sentir que sólo tú tienes y que sólo yo sé que
existen.