No me preguntéis por qué, pero tengo la manía de pasarme el día con la ventana de mi habitación de par en par, aunque haga frío, tengo suficiente con que mi mente se encierre por sí sola como para sentir que mi cuerpo también lo esté.
He pensado demasiado, y cuando digo demasiado, es DEMASIADO, más de lo que aconsejaría a cualquier persona. Últimamente han pasado demasiadas cosas que han conseguido alterar mi tranquilidad, que han hecho que mi calma sea un estado pasajero de a penas dos sonrisas, que quizás sea más de a lo que cualquiera podría aspirar, pero en estos momentos lo que se tiene y lo que se deja de tener en mi situación es demasiado relativo, todo es demasiado relativo, TODO.
Sentir es una virtud, de la cual carezco continuamente, o más bien me gusta pensar que lo hago, un corazón de piedra siempre ha sido más sano. Pero después está ese día en que llega un algo que te rompe los esquemas y que pone tu cabeza patas arriba, sobre todo después de haber perdido demasiado y tan rápido, un algo que no podría explicar y que de verdad estoy sintiendo que hace que pierda la cordura poco a poco.
Siempre me he planteado si quizás esté loca, si mi cabeza en realidad carece de sentido común y yo no me doy cuenta, y me mata esa idea. Seamos sinceros, no puedo llegar a controlar esta situación, ni si quiera tengo fuerzas para hacerlo y por supuesto no sé de dónde narices las voy a sacar, porque estoy aquí escribiendo como si fuese un loco en un manicomio que escribe en las paredes palabras sin sentido, en vez de centrarme en lo que de verdad importa en estos momentos... pero de verdad... no puedo...

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