Ella es la princesa de los vaqueros rotos, de las sonrisas a
escondidas. Una princesa con deportivas manchadas por la vida, por las idas y
venidas, por los ríos que la inundan hasta el cuello. La princesa de los libros
inacabados y con pies de plomo, pero con alas de dragón, que perdió a su rey en
la mayor de las batallas y hoy decide emprender su guerra contra el mundo. Ella
no es de esas princesas encerradas en lo alto de una torre, que grita a voz y
pulmón que necesita que la rescaten, ella no quiere ser rescatada, con un poco
de conversación le basta. La princesa de las noches eternas, de suspiros
incompletos y miradas entrecortadas, de lágrimas alcoholizadas por la ilusión desesperanzadora
que la visita a las 3 de la mañana reclamando sus sueños imposibles, arrebatándole
sus ganas de dormir. Es de esas princesas que prefiere mancharse las manos a
quejarse de que la lluvia moja su tan valioso vestido, porque le encanta
descalzarse en la hierba y sentir como sus dedos se humedecen al ritmo de los
truenos, que prefiere descubrir a que se lo cuenten, que prefiere sentir aunque
sea rabia por todo el mundo, porque ella es todo odio. La princesa trágica, o
más bien de las tragedias, esa princesa que pierde el zapato a la vuelta de la esquina, aquella que
encuentras en cada catástrofe, sin miedos pero con complejos, con un perdón continuo
entre manos, pero que no conoce el olvido, pues nadie ha tenido el placer de
presentarles. Ella es la princesa de las mil recompensas, aunque la otra
persona no se las merezca, quizás la princesa de los sueños de alguien, quizás de
las pesadillas, pero al fin y al cabo princesa de capa y espada, acostumbrada a
las heridas por falta de escudo, frágilmente irrompible, fácilmente
reconocible, difícilmente alcanzable. Ella custodia el castillo de su rey, una
princesa con ideas de mujer pero cuerpo de niña, que madura por segundos a petición de las estrellas, porque la princesa algún día será reina, pero
mientras tanto, será princesa de vaqueros rotos y de sonrisa fingida.
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