Recuerdo que decidí dar el paso y dejar de sentir miedo por una noche, dejar de preocuparme por lo que sería, dejar que los sentidos se apoderasen de mí. Recuerdo que me acariciaba sin maldad alguna, sin segundas intenciones, sólo para hacerme sentir a gusto a su lado, para prometerme su confianza eterna. Recuerdo que recorría mi espalda con sus dedos, lentamente, desde la cintura hasta el cuello, con caricias suaves que me hacían sentir cosas que nunca podría haber imaginado, al menos no sin él. Recuerdo que nuestros ojos se miraban fijamente, y que cada vez estaban más cerca, que mis dedos se hundían en su pelo, dejándose llevar por el oleaje de sus pensamientos, recorriendo de vez en cuando su mejilla derecha, su frente, sus labios, cada vez más cerca de ellos. Recuerdo cómo mi respiración se volvía cada vez más intensa, cómo mi corazón se aceleraba pensando en el deseo de que mis labios se uniesen a los suyos, de que sobrepasasen cada una de las barreras que nos impedían saltarnos las normas, imaginando que puede que cuando juntásemos nuestros latidos, el mundo se pararía y por fin podríamos tener nuestra noche eterna, por fin podríamos escuchar esa canción por la que nos desvivimos para que, mientras sigamos respirando, no deje de sonar .
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