Algo más que palabras

Algo más que palabras

miércoles, 20 de mayo de 2020

Dejaba volar su imaginación

Quería poder gritar a los cuatro vientos que sólo ella estaba en su mente. Que día tras día la observaba esperando que sus miradas acabaran encontrándose. Y siempre que entraba por la puerta, le dedicaba una sonrisa amable para que ella supiera que estaría ahí cuando lo necesitase. Quería poder escupir todos sus miedos, pero su mayor miedo era perderla a ella, o incluso olvidarse de esos castaños ojos que escondían un universo por descubrir. Nunca obtenía respuesta, nunca la había esperado, pero una ínfima esperanza se escondía tras su oreja camuflada en un susurro, su dulce voz se apoderaba de él todas las noches, suplicándole más de todo aquello que estaba por venir. La pensaba siempre a las 3 de la mañana, haciendo que su mano derecha recorriera un cuerpo que no estaba, pero que él sentía y amaba. Su mente jugaba al despiste y le otorgaba el placer de arrancarle la ropa con tan sólo desearlo, recorriendo sus curvas con la mirada, y fijándose en cada uno de los lunares que cubría su cuerpo. Él sabía que aquello no duraría para siempre, y aprovechaba cada milésima de segundo que ella estuviese a su lado, cada beso lo grababa a fuego en su memoria, guardando sus caricias como un tesoro tras muros infranqueables. Respiraba toda su esencia, haciendo estremecer su cuerpo al mínimo contacto, y consiguiendo un orgasmo limpio y puro entre sus piernas. Aun siendo imposible, podía sentir el calor entre sus brazos, podía escuchar cómo su corazón palpitaba aceleradamente por el éxtasis, exigiéndole un poco de oxígeno a sus venas. Una y otra y otra vez acariciaba sus muslos para que notase cuánto deseaba fundirse con ella, dejando ver cómo la ansiedad se apoderaba de él por cada segundo que se hacía de rogar, por cada instante en que no conseguía estar dentro de ella, entregándole su alma y todos sus sentidos. Quería hacerle el amor y que ella lo disfrutase, que se diese cuenta de que podía tener un amante para toda la vida, pero sobre todo un amigo. Deseaba que ella se volcase de pleno, que se olvidase de sus putas mierdas y se dejase querer sin límites, sin miedos, que él sabría cuándo cambiar el ritmo. Y noche tras noche, si ella se dejaba llevar, la temperatura subía y el orgasmo se intensificaba, el placer aumentaba al son de las embestidas y los agarrones de pelo, y conseguían tatuarse a besos aquellas zonas de sus cuerpos que necesitaban sutura para empezar a cicatrizar. Porque él sabía que todos sus deseos eran en vano, que ella vendía una personalidad de mercadillo para que la gente la comprase y así no se percatasen del palacio en ruinas en el que se había convertido.


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